Toda la noche acompañé a la luna en su desvelo. Jamás en mis
noches de insomnio, me había percatado que ella me acompañaba en mis largas
horas de desesperación y angustia. Esta noche algo pasó, por primera vez, de
manera consciente me percaté de su compañía, y casi sin darme cuenta me
encontré platicando con ella, tuvimos tiempo de sobra para contarnos nuestras
cosas, hablamos de soledades, de frustraciones, de alegrías y tristezas, en fin
que en una noche nos contamos la vida entera.
Le dije de mi extraña rebeldía ante mis pérdidas, le dije como mi
descontento lo convertí en risas, porque no solo se ríe de alegría, en mi
caso reí a carcajadas con el alma en pedazos, aunque la gente no lo
comprendiera. Y por las noches, cuando es que la soledad más aprieta, en medio
del silencio que ensordece, también lloré hasta mojar mi almohada, también
maldije y grite en silencio. Ella sabe mejor que yo, lo que es estar sola.
Le conté de mis alegrías, esas que me han llenado el alma, y le
dije de las lagrimas, que no por ser saladas, dejan de endulzar la vida cuando
la dicha es tanta; le hice ver que mil carcajadas a veces no son suficientes
para sacar la euforia que empalaga la existencia.
Se nos fueron pasando las horas, mientras le hablaba de ti y de mí,
de este amor quimérico que no cabe en un solo corazón por ser tan grande, y que
sea quizá su misma grandeza lo que lo hace imposible. Ella no dijo nada,
escuchó en silencio mis palabras llenas de pasión mientras miraba mi rostro.
¿Qué le puedo contar de amores imposibles a la luna? A ella que lleva una
eternidad amando al sol, a ella que se ha conformado apenas con la luz que él a
distancia la ilumina.
Y se nos fue la noche entera
hablando, riendo y llorando, apenas me dio tiempo de despedirme y agradecerle
su compañía, pero no sin antes prometer que ésta no sería la única noche que
nos curaríamos la soledad. Fue así que me sorprendió el sol sentada en la cama
y con los sentimientos a flor de piel.